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No se puede seguir gastando así

sábado, 10 de marzo de 2012

Esta semana hemos conocido la cifra de la vergüenza: el déficit público de 2011 asciende a la escandalosa cifra del 8,51%, muy lejos del objetivo previsto. Nuestro Gobierno se comprometió a reducir el déficit del 9 al 6%, y no hemos llegado ni tan siquiera a recortar medio punto. Como decía José Echegaray: “el santo horror del déficit”.


Puede que a muchos “esto del déficit y sus porcentajes” no les diga nada. A veces las grandes cifras que maneja el Estado se nos escapan desde nuestros modestos órdenes de magnitud de los que no tenemos patrimonios millonarios. Pero seguro que si personificamos estos números, y los trasladamos a nuestra economía doméstica, todos lo podemos entender: si usted gana 1.000 € al mes, pero todos los meses gasta 1.085 € seguro que es consciente de que tiene un problema. Usted sabe que su economía necesita ajustarse, porque no puede seguir viviendo con un déficit del 8,51 %. Pues parece ser que la mayoría de nuestros políticos, sean del color que sean, no tienen este concepto tan claro. Y es que los mayores desequilibrios se han concentrado en las comunidades autónomas, donde gobiernan políticos de derecha e izquierda. Las Autonomías son los entes del Estado que más se han excedido en el gasto.



Los tres “horrores” del déficit:
1.-Tres “Estados” son demasiados
Cuando la mayor desviación del déficit la han originado las comunidades autónomas ya sabemos dónde tenemos el problema: el estado de las autonomías es insostenible. Las comunidades han confundido la gestión descentralizada con el gasto descontrolado.
Si ya suele ser gravoso sostenener una administración pública, mantener tres lo es mucho más. En España tenemos que sufragar con nuestros impuestos el peso de un gobierno central, 17 miniestados autonómicos y el ayuntamiento de turno. No nos lo podemos permitir, no nos pueden subir los impuestos para pagar tres “Estados”.
O reformamos la estructura y el tamaño de nuestro Estado, o la presión fiscal que nos impone nos acabará aplastando.

2.-El Estado de Bienestar es demográficamente insostenible
El preocupante e incipiente déficit de la Seguridad Social no lo es tanto por su repercusión en el global de las cuentas, como por la “inquietante tendencia” que señala: las cotizaciones de los que trabajan ya no son suficientes para abonar los subsidios y las pensiones de los que ya no pueden trabajar.
El desempleo y el invierno demográfico de nuestra sociedad, cada vez más envejecida, incrementan los desequilibrios de nuestro sistema de protección.
El paro en España es alarmante: 1 de cada 5 españoles que quiere trabajar no puede hacerlo, y la cifra sigue subiendo. Y lo que es aún más lamentable: el paro juvenil roza el 50 %. Tenemos un sistema en el que los jóvenes apenas pueden contribuir a pagar las pensiones, porque la mitad no encuentra trabajo, y la otra mitad apenas gana para subsistir. ¿Qué futuro le puede esperar a un sistema que no integra a sus jóvenes?.
Con estas perspectivas, el Estado de Bienestar, tal y como se ha planteado, ya no es demográficamente sostenible. Pero no se trata tanto de recortar, como de racionalizar en primer lugar el gasto en educación, pensiones y sanidad: hacer más con menos. Hay margen para la eficiencia.

3.-Que el corrupto no te impida ver la realidad del déficit
España tiene un problema de corrupción, pero la corrupción no es la principal causa de nuestros desequilibrios presupuestarios: con corruptos el Estado de Bienestar es insostenible, aun sin corruptos el Estado de Bienestar es demográficamente insostenible.
Muchas veces se tienden a mezclar el déficit de nuestras cuentas públicas y los casos de políticos y empresarios que, o defraudan a Hacienda, o directamente se quedan con el dinero de todos.
Debemos perseguir la corrupción, no es justo que los asalariados que tienen una nómina que controlar paguen lo que evaden otros: los técnicos del Ministerio de Hacienda (GESTHA) han denunciado que “quien paga sus impuestos correctamente está pagando 830 € de más para compensar la evasión fiscal de otros”.
Pero mejorando sólo la efectividad de los sistemas de recaudación no vamos a salir de esto. También debemos gastar menos, o mejor dicho, gastar de un modo más eficiente el dinero del contribuyente.
Por ello, porque los corruptos contribuyen a desviar el foco de atención de la realidad del déficit, son doblemente reprobables: porque nos roban y porque además nos confunden.

Las consecuencias del déficit
El gasto público no es algo positivo, especialmente cuando uno gasta más dinero del que tiene y debe pedir prestado para seguir gastando. El gasto público no necesariamente genera puestos de trabajo, de hecho los suele destruir: por cada empleo público que crea el Estado se destruyen tres en el sector privado.
Familias y empresas están haciendo grandes sacrificios para ajustar sus cuentas a la nueva realidad económica. Desde que empezó la crisis, los entes privados han conseguido reducir su deuda en cerca de 90.000 millones de € . En ese mismo período, el Estado ha incrementado su déficit en 300.000 millones de €. Un esfuerzo positivo por parte de familias y empresas, comprometidas con el equilibrio, que presenta un lamentable balance negativo al sumarse el derroche público de unas administraciones que reman en sentido contrario.
Las administraciones públicas se han comido nuestro esfuerzo, y además no tienen suficiente con nuestro ahorro, por lo que acuden al extranjero para seguir financiando sus gastos.
El sector público ha contrarrestado los esfuerzos y sacrificios asumidos por empresas y familias, y además se queda con el poco crédito disponible, que no se dedica a financiar oportunidades de negocio, sino a comprar deuda pública. El descontrolado déficit público es una losa pesada, muy pesada, que está aplastando nuestra economía.
Estas cifras muestran que el mayor recorte de los derechos sociales lo origina el déficit público, ya que incide negativamente sobre el crecimiento y el empleo. No podemos gastar lo que no tenemos, y no podemos hacer demagogia con los supuestos recortes de derechos cuando a más de 5 millones de españoles se les ha privado de un derecho esencial, como es el derecho a poder trabajar.
Si uno gasta más de lo que tiene, y debe pedir prestado para seguir viviendo, la austeridad no es una opción, es una obligación. Si no nos lo podemos permitir, no es un derecho.
Volviendo a la metáfora doméstica con la que iniciamos este recorrido por el “horror del déficit público”: cuando uno no se puede permitir pagar una casa, lo mejor es que la venda y se mude a otra más modesta antes de que se queda con ella el banco. Aun estamos a tiempo de evitar el embargo.

Javier Rodríguez Rodríguez ( @JavierRguez1982 )

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